jueves, 23 de abril de 2009

Vanessa

Pour le plus trivial incident devient l'aventure, il est nécessaire et suffisant dire.

Jean Paul Sartre

Eran ya casi las 7:00 p.m., todavía llovía pero ya no con tanta fuerza y aun se sentía el frío. Como estaba tan tarde y ya era tan escasa la luz mis bastoncillos todavía no se calibraban y en vez de ver el rostro el rostro claro y definido, solo veía el “bulto”, no sabia quien venía ni a quien me encontraría.

Pase por un lugar por el que paso con cierta frecuencia y sin saber a que obedecía recordé a mis amigos del colegio, hace rato que no los veía ¿Qué será de ellos? Alejandro esta estudiando en la universidad, Johan también; de Edith no se nada y Vanessa aun sigue en el colegio. La última vez que la vi y que hablamos estábamos a unos cuantos pasos de este mismo lugar por el que pasaba ahora. Quería volver a verla, sabía que un sábado en la noche en la Villa del Aburrá lo más fácil era encontrarla, ya antes había hecho este mismo recorrido y no la encontré; si no la encontraba continuaría mi camino tranquilo, pues mi fin no era encontrarla.

Unos pasos más adelante logro reconocer un grupo de gente que parecía representar un pasaje de Tolkien, ella podría encontrarse con ellos ¿Quién sabe? No presté atención a quienes allí estaban, otro pensamiento cruzó por mi mente como una estrella fugaz: la poca luz que había y mis bastoncillos que ya se calibraban me permitieron ver una escultura en honor a unos obreros y vi que uno de ellos-no se si todos- trabajaba en sandalias, no en zapatos. ¿Como hace un obrero de la construcción para trabajar en sandalias? Se podría lastimar. Por un momento mis reflexiones se concentraron en el sistema laboral y en la marginación de clases. Así pasé por el lugar donde estaban aquellos muchachos, que se encontraban a mi izquierda, a mi derecha había un carro azul; ignoraba lo que de este podría venir.

“Andrés”, escuché que alguien gritó, no preste atención, no pensé que se pudiera referir a mí, este es un nombre muy común.

“Andrés” vuelvo a escuchar y esta vez reconozco una voz familiar. Era Vanessa o Vane, como solía llamarla. Cuando pensaba que la vería de nuevo, no la veía y cuando olvidaba que la encontraría, de un momento a otro me llama la voz de mi amiga que me regresaba a mis primeros pensamientos de la temprana noche.

No la extrañaba, no pasé por la Villa buscándola. Sí, hubo un momento en el que quería reencontrarla ¿Quién no quiere encontrarse de nuevo a sus amigos, con los que paso momentos-sino inolvidables- felices?

Vane, que se encontraba en el carro azul, salio corriendo a mi encuentro, yo logré avanzar dos pasos hacia ella y como presentido me abrasó y la abrasé, como os buenos amigos que somos.

Luego de las preguntas de rutina: “¿Qué ha hecho? ¿Qué más?” Se adelantó a decirme lo que yo me disponía a decirle en ese mismo momento: “me alegra verlo”. “A mí también me alegra verla” le conteste ¿Cómo no me iba a alegrar de verla? ¿Cuánto departimos ella y yo? ¿Cuántas clases le dí? ¿Cuánto extrañaba yo sus inocentes preguntas sobre historia? Ella me recordó su cumpleaños, ya casi se cumplían tres meses de la fecha y aun le debo el regalo tantas veces prometido. Conversamos un pequeño pero ameno rato hasta que ella me dice que se entrará, porque hace frío. Nos despedimos.

De mi subconsciente sale una nueva preocupación, un pensamiento que ocupa toda mi mente: el regalo atrasado. ¿Qué podría ser? Vane es una niña tan sencilla que no sé que regalo podría gustarle. Algo material puede ser, pero no. Durante varias horas estuve divagando entre miles de posibles regalos, pero ninguno cuadraba con ella ni con su estilo, un estilo tan libre, sin atamientos que es muy difícil hacer caer en estas trampas mentales modernas. La libertad de Vanessa me quitó el norte. Libertad ¡Claro! Ahí está la respuesta, en la libertad y en la cultura, la invitare a teatro. Solo falta que ella acepte.

13 de abril de 2009

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